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Por ANNE LYNAM GODDARD
CEO y Presidenta de ChildFund International

El 16  de abril de 2007 mis dos mundos chocaron. En mi nuevo trabajo, a la  hora del almuerzo, me dijeron que mi hijo me llamaba. Recuerdo haber pensado en lo  extraño que era eso, él nunca me había llamado al trabajo.
Cuando contesté no era él, era un médico de urgencias, cerca de Blacksburg, diciendo que a mi hijo le habían disparado esa mañana en la escuela, palabras que yo no podía comprender. Sin embargo, en minutos, Colin se puso al teléfono, y sus palabras sí las comprendí: “Mamá, ven”.

En las horas que le tomó a mi familia llegar al hospital, permanecí tranquila en el exterior, pero por dentro estaba tambaleándome. Mi hijo estaba vivo, pero cada vez que el hospital nos daba una actualización, el número de disparos que había recibido aumentaba. Era difícil para los médicos  distinguir las heridas de entrada de las de salida.

Cuando por fin sostuve su mano, me sorprendió ver arena en sus heridas para ayudar a detener el sangrado. La violencia incrusta imágenes duraderas.
La gratitud que tengo es inmensurable porque, a pesar de recibir cuatro disparos, Colin sobrevivió al tiroteo en Virginia Tech, donde un estudiante con trastornos mentales asesinó a 32 personas e hirió a otras 17. Desde entonces, cada tiroteo masivo, en especial los que suceden en escuelas como el del mes pasado en Parkland Florida, trae de vuelta esas palabras: “Mamá, ven”.
Le fallé a mi hijo ese día. No cumplí con la primera responsabilidad de cada padre y madre – proteger a mi hijo. Mantenerlo a salvo.
Como líder de una organización cuya prioridad es poner fin a la violencia contra la niñez, sé que no soy la única que fracasó ese día. Lo que aprendí esa fría mañana con viento, fue que mantener seguros a niñas y niños no puede lograrse por los padres y madres solos. En ChildFund International creamos redes de protección alrededor de los más vulnerables entre nosotros, las y los niños.
Esa red debe incluir a las familias, comunidades, instituciones y gobiernos, todos trabajando juntos para hacer de la seguridad de la niñez una prioridad, y para proactivamente cerrar todos los vacíos que haya en nuestros sistemas para protegerlos. Sólo trabajando en múltiples niveles podremos asegurar que nuestros sistemas sean fuertes y nuestras redes de protección estén completas.
Le fallé a mi hijo el 16 de abril de 2007 porque fui ignorante.
A pesar de haber trabajado durante años en países en vías de desarrollo para proteger a niñas y niños de enfermedades, de suspender su educación, de casarse demasiado jóvenes, no me di cuenta de que mis hijos enfrentaban una amenaza única y mortal, justo aquí en los Estados Unidos.
De todos los países desarrollados, niñas y niños estadounidenses enfrentan el riesgo más alto de ser asesinados o heridos por violencia con armas. Es impactante la frecuencia de la violencia con armas en hogares, lugares de culto, centros comerciales, cines, lugares para conciertos y, de manera muy importante, escuelas. Las consecuencias rebasan lo soportable.
Ahora, las personas que mejor pueden decirnos cómo están funcionando nuestros sistemas de protección son los mismos niñas y niños. ChildFund da prioridad a eliminar la violencia contra la niñez porque niñas y niños nos han dicho que la violencia en sus vidas destruye otras ganancias.
Son ellas y ellos quienes sienten el miedo de la falta de acción de los adultos. Son ellas y ellos quienes sufren cuando fallamos en cumplir con nuestro trabajo. Son ellas y ellos quienes llevan las cicatrices de nuestro fracaso –desde las heridas que ya han sanado en el cuerpo de mi hijo hasta las 17 tumbas nuevas en el suelo de Florida.
Niñas y niños estadounidenses se han unido al coro que empezaron los estudiantes de Parkland, gritando que la respuesta no son más armas, no más violencia esperando a suceder, no más tonterías.
Con su propia creatividad y energía, hacen un llamado a nuestro gobierno para promulgar leyes que limiten el acceso para portar armas a individuos que sean incapaces de manejar la inmensa responsabilidad que implica ser dueño de un arma. Estos niños y jóvenes están exigiendo que los adultos a su alrededor hagamos nuestro trabajo, que seamos responsables y les mantengamos seguros.
Y la gente está escuchando su llamado. La opinión pública está cambiando, con encuestas mostrando un apoyo casi unánime para realizar verificaciones de antecedentes. Los comercios están aumentando la edad requerida para comprar armas. Y quizá lo más poderoso de todo, los adolescentes están registrándose para votar.
Algo distinto está pasando del recuento de otros tiroteos masivos de los últimos 11 años. Los estudiantes de Parkland y muchos otros alrededor del país deberían mantener su exigencia por la seguridad que merecen. Yo estaré con ellos el sábado durante la “Marcha por Nuestras Vidas” (“March for Our Lives”) en Washington D.C. , y más allá.
Y a los demás de nosotros, desde los padres hasta los legisladores: Si amamos a nuestras niñas y niños, responderemos a su llamado y actuaremos para protegerles todos los días y en todos los lugares.